Heme aquí. De vuelta después de muchos meses. Quisiera pretextar el trabajo, la tesis o muchas cosas... sin embargo, debo decir que lo principal fue el hastío, mejor, el spleen. No fue el cansancio de nda, fueron simplemente las ganas de no decir nada, o las palabras que se fueron y no me dejaban decir nada. Pasó mucho y de todo pude escribir, no lo hice y no es el tiempo de hacerlo, son esas cosas que después de un rato, al dejar de ser de actualidad, pierden parte de su sentido. Muchas cosas, los unamitas en Ecuador, las consultas, las reformas que no se ven llegar, las imposturas, las muertes... muchas cosas, después de un largo proceso, me titulé con una tesis sobre el romancero, una tesis que escribí con gusto, con sabor, una tesis con la que conocí un mundo literario que nunca imaginé tan complejo y rico, y, sin embargo, una tesis que escribí sin la pasión con la que me acostumbré a hacer las cosas... muchas cosas, un horrible curso propedéutico para entrar a la maestría, clases en automático, sin ton ni son, sin un programa claro, obviedades y una subestimación intelectual que insulta (a algunos)... muchas cosas, el ingreso a la maestría, volver a mi proyecto, volver a la pasión, a la emoción de hacer y pensar la poesía desde las entrañas intelectuales, desde el hipotálamo visceral, desde las ganas de leer mucho y escribir lo necesario...
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Estoy contento, me siento a medias pero en proceso, como me gusta sentirme. Aprovecharé las vacaciones para descansar, retomar la escritura y leer lo que me gusta. Aprovecharé las vacaciones y parece que tú, desocupado lector, lo sufrirás.
.
[Por cierto, el bueno de Alfredo Carrera me ha obsequiado un premio. Gracias, amigo, por el cebollazo, la lectura y la paciencia después del tiempo. Va un abrazo.]
.
Y para continuar, no mi voz, sino Francisco:
La dimisión del testigo.
Y cómo he madurado. Bajo esta luz ya muerta
soy el otoño. Hay una luz, que es frío,
.................................................................negra, negro.
Aguardaban mis ojos aquí que el cielo fuera brasa
y siempre aparecían los astros, puros, vivos,
en el mismo lugar (y antes que el hombre fuera
y que fuese la flor y el ave),
con la exacta hermosura de lo eterno nacido.
Nada importaba entonces pasar.
La luz permanecía y era eterna.
La juventud del mundo, su gozoso latido,
daba en sí testimonio demi vida.
¿Quién podría apagar las llamas de mis ojos?
Destellaba el vivir,
y yo testimoniaba la existencia.
Ahora miro este cielo
y veo que su luz tamibén ha envejecido.
Los astros no eran jóvenes. Ni eternos.
Y yo he testificado,
con mi vivir, ninguna permanencia.
El Espíritu negro me dará su cobijo,
y el Espíritu blanco, naciendo de él, conocerá la esencia de la Luz,
su inexistencia.
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Estoy contento, me siento a medias pero en proceso, como me gusta sentirme. Aprovecharé las vacaciones para descansar, retomar la escritura y leer lo que me gusta. Aprovecharé las vacaciones y parece que tú, desocupado lector, lo sufrirás.
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[Por cierto, el bueno de Alfredo Carrera me ha obsequiado un premio. Gracias, amigo, por el cebollazo, la lectura y la paciencia después del tiempo. Va un abrazo.]
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Y para continuar, no mi voz, sino Francisco:
La dimisión del testigo.
Y cómo he madurado. Bajo esta luz ya muerta
soy el otoño. Hay una luz, que es frío,
.................................................................negra, negro.
Aguardaban mis ojos aquí que el cielo fuera brasa
y siempre aparecían los astros, puros, vivos,
en el mismo lugar (y antes que el hombre fuera
y que fuese la flor y el ave),
con la exacta hermosura de lo eterno nacido.
Nada importaba entonces pasar.
La luz permanecía y era eterna.
La juventud del mundo, su gozoso latido,
daba en sí testimonio demi vida.
¿Quién podría apagar las llamas de mis ojos?
Destellaba el vivir,
y yo testimoniaba la existencia.
Ahora miro este cielo
y veo que su luz tamibén ha envejecido.
Los astros no eran jóvenes. Ni eternos.
Y yo he testificado,
con mi vivir, ninguna permanencia.
El Espíritu negro me dará su cobijo,
y el Espíritu blanco, naciendo de él, conocerá la esencia de la Luz,
su inexistencia.
Francisco Brines, La última costa
1 ecos de la voz:
Desaparecido!!! Qué gusto volverte a leer.
Un abrazo
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